Octubre 30, 2007

Elecciones en zona de guerra

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Enrique Rivas G. / Enviado Especial a Uribe (Meta)

Vivir y votar en el conflictivo municipio de Uribe es casi un milagro, aunque para los cerca de 900 habitantes del casco urbano les parezca algo cotidiano que horas antes de iniciar los comicios, la guerrilla de las Farc haya lanzado cilindros explosivos y hostigado con ráfagas de fusil a los soldados que custodian una de las entradas del pueblo.

Todo comenzó sobre las 8:30 p.m. del sábado anterior. A esa hora, cuando la agonizante luz eléctrica se batía en duelo con la oscuridad de la noche, la gente escuchó el primer tableteo. Luego vinieron otros, otros, y otros acompañados de explosiones secas que hacían estremecer las paredes de todo el pueblo. En ese momento los visitantes de las casas y quienes se encontraban en las calles, corrieron hacia sus viviendas despavoridos a refugiarse, al tiempo que otros que mantienen refugios subterráneos en sus residencias, comenzaron a prepararlos.

En seguida hubo unos cuantos minutos de silencio, era algo así como si la gente esperara los siguientes tiros y la consabida respuesta del Ejército y la Policía. Y Así ocurrió hasta las 10:30 p.m., cuando la tropa respondió con ráfagas y fuego de mortero durante siete oportunidades hacia las cuestas de la vereda Versalles, desde donde se presumía los combatientes de la guerrilla disparaban y lanzaban sus mortales cilindros que caían junto a las tanquetas del Ejército. Eran cañonazos que retumbaban en todas partes, pero después de dos horas, buena parte de la gente, paradójicamente, continuó viendo sábados felices para seguir muriéndose de la risa, mientras que unos cuantos paliaban sus nervios con uno que otro trago a escondidas esperando los inciertos resultados de las elecciones y hacían cábalas para el siguiente día.

Hecho normal para el pueblo que junto con los municipios de Mesetas, Vistahermosa, La Macarena (Meta), y San Vicente del Caguán (Caquetá), hicieran parte de la antigua zona de distensión con la que el presidente Andrés Pastrana pretendiera iniciar una negociación de paz con las Farc, pero que desde febrero de 2002, se acabó luego de que el Gobierno rompiera el proceso e iniciara operaciones militares para desalojar a la guerrilla más numerosa y antigua de Colombia.

Una constante de guerra que lleva 43 años, desde que el guerrillero más viejo del mundo, Manuel Marulanda Vélez (Tirjofijo), salió con 48 hombres en junio de 1964 desde Marquetalia y terminara en lo que es hoy la vereda de Ucrania, jurisdicción de Uribe, a dos días de camino de esta cabecera municipal. Aquí terminó atrincherado y huyéndole a los 16.000 soldados que conformaban la Operación Marquetalia, la quería aniquilarlo.

Desde ese entonces, la que fuera incipiente guerrilla de las Farc, comenzó a desdoblarse, a crecer militarmente y aumentar su influencia en San Martín, San Juan de Arama, Fuente de Oro, Puerto LLeras, Puerto Rico, Puerto, Concoridia y los cuatro municipios metenses que hicieron parte de la zona de distensión.

Un aumento de poder e influencia, que se extendió y creció en todos los ámbitos. Cuentan los habitantes que desde la Ucrania, donde por muchos años funcionó el secretariado de las Farc y donde se consolidó el Estado Mayor del Bloque Oriental (Embo), una de las mayores y temidas máquinas de guerra de esta guerrilla, la insurgencia se dedicaba a cultivar verduras y ganadería a gran escala, terminaban vendiendo como cualquier parroquiano en Cabrera, Cundinamarca.

En esta misma vereda el desaparecido ideólogo de las Farc, Jacobo Arenas, cultivó flores, atendió junto con Tirofijo a personalidades del país como Otto Morales Benitez y John Agudelo Ríos, integrantes de la Comisión de Paz durante el gobierno del expresidente Belisario Betancur. En Ucrania hasta llegó a funcionar el famoso teléfono rojo, que en el mandato del ex presidente Virgilio Barco fue célebre durante el intento de búsqueda de la paz con esa guerrilla.

Pero como en la historia del país los tiempos de paz han sido cortos e intempestivos, la antigua Inspección de Policía de Uribe, volvió a quedar en medio de la guerra. Fue así como en diciembre de 1990, el entonces presidente César Gaviria Trujillo lanza una operación militar con el fin de exterminar al secretariado de las Farc. Igual como ocurrió con Marquetalia, según los pobladores, Tirojifo sentenció: “Estábamos trabajando en un solo sitio y ahora nos verán por todo el paìs”. Una sentencia que, sin terminar en apologías, la están cumpliendo, pues pasaron de 27 a 62 frentes.

Por eso no es de extrañar que cuanta guerra se aparezca en el país termine dando coletazos en las 54 veredas de Uribe y afectando a 12.700 habitantes del área rural y urbana. Y es que el conflicto que se vive a diario en este municipio ya no es novedad ni sorprende a nadie. Asusta dos o tres veces a la semana con ráfagas o cilindros que caen a los pies del pueblo, pero como ya es costumbre, la gente sabe resguardarse y aprendió a tragarse el miedo, lo mismo que hace con la rabia que le producen a los 84 kilómetros de carretera destapada que desde Granada conduce a Uribe, un recorrido que en invierno alcanza 18 horas o más.

Es en este escenario donde desde 2004 el actual alcalde, Jorge Diego Ospina, ha hecho malabares para sostenerse en el poder y atender las necesidades del municipio que superan los 3.500 millones de pesos anuales que recibe de presupuesto.

Sin embargo, Ospina dice no sentirse preso a pesar de que para ir a La Julia, la inspección de Policía más grande del municipio en la frontera con el Caquetá, tenga que hacerlo en helicóptero militar para evitar cualquier emboscada de los dos frentes de una compañía móvil de las Farc que operan en la zona. Ospina dice que a pesar del poco presupuesto que recibe el municipio, acá la gente sabe que cualquiera que asuma el poder no tiene como despilfarrar, pues las necesidades son más grandes que cualquiera de los municipios normales del país.

Este es el mismo escenario donde el domingo pasado Erinzon Ruíz, del Polo Democrático Alternativo (PDA); Jaime Pacheco, de la Alianza Social Indígena; Jaime Soriano, de Cambio Radical y Sor Teresa Meneses, del Movimiento Indigenista Aico se jugaron su suerte y la conciencia de la gente para ir tras las Alcaldía que finalmente terminó en manos del aspirante de la coalición de izquierda PDA.

Elecciones que a pesar de esa cotidianidad de guerra, como dice la gente, no sucedió nada grave. De ahí que todas las tendencias políticas aspirantes a los once puestos del concejo y al tener su propio alcance, más que orar por llegar a uno de esos puestos, lo hizo el domingo para que la guerra no volviera a entrar como Pedro por su casa y destruyera el cuartel de Policía y parte de la administración, al igual que lo hizo en 1998.

Algunos comicios con no menos de dos mil votantes, hasta las 7 p.m., que llevaron al ganador de la Alcaldía, Erinzon Ruíz, a ir a misa con sus seguidores para dar gracias a Dios que no sucedió nada y que la izquierda democrática se hizo al poder en municipio en donde la insurgencia ha obligado a sus concejales a renunciar so pena de correr la suerte de sus colegas Reynerio Arenas y Jairo reina muertos en 2005 y 2006.

De esta forma, pasaron las elecciones que en el municipio más conflictivo del departamento del Meta con la tensión y la zozobra que producen las aspas de los helicópteros y el hecho de pensar que nuevamente la guerrilla en la noche como es costumbre empiece a lanzar cilindros y ráfagas de fusil. Desesperanza que aumenta con un ingrediente más; los vehículos de pasajeros y camiones que entran y salen de la ciudad aún continúan enterrados en los lodazales antes de llegar al municipio sin que haya esperanza de que los viajeros puedan salir de este municipio.

Esta nota tiene: Un comentario

todo eso es pura mierda

1. Lo dijo: carlos Noviembre 4, 2007 a las 18:14

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